Cuando estoy frente al mar, no puedo evitar cerrar los ojos y oír el viento que golpea sobre mi rostro, las olas que se mecen, la arena que se mete entre los dedos de mis pies y el canto de las aves.
Soy un romántico, pero no de aquel sentimentalismo radical que termina por ensalzar las sensaciones y las experiencias, hasta tal punto de desvirtuarlas y no trascenderlas. Soy de aquel que experimenta las pequeñas cosas para encontrarle un sentido y ver alrededor de ellas el amor o el desamor.
Esta esencia, la del amor, es el contenido clave de lo más hondo de la identidad del hombre. Es el sello clave que hace fluir el hecho humano trayéndole grandeza y dignidad. Le da sentido y dinamiza la misma humanidad.
Por eso, no hay como una bonita canción de amor que refleje lo que vivimos. Expresa nuestras vivencias y de alguna manera se convierte en un manantial del que bebemos para comprender lo insondable y misterioso de amar.
¡Qué triste que ahora hay pocas de esas canciones! La instrumentalización de la sexualidad ha llegado a tal punto que termina por explicar el amor en sensaciones y liberaciones químicas. Y lo más angustiante para el ser humano de hoy es que lo corporal, biológico o químico jamás explicarán lo que inspiró esa canción y más aún esa esencia que es el amor. Se quedan cortas.
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