Y las estrellas brillaron esa noche. En una playa lejana de mi casa, casi siempre fría, nublada, con fuertes olas y oscuridad, típica de un océano pacífico. Y en esa playa de Perú, me reencontré conmigo en una caminata.
Los recuerdos vinieron a mi memoria: Sin reconocer mi presente, caminaba hacia mi pasado. Y extrañé la mirada de mi mamá, su genio santanderiano particular, el famoso “caldo” que se usa para pasar guayabos, se hacía en las noches del fin de semana como plato rememorante, o unos fríjoles distintivos que sólo cada dos meses se servía.
Y esas ansias por conocer unas tierras áridas donde el calor no era sinónimo de calidez, sino de tierra baldía. El lenguaje coloquial era la acidez de los comentarios de mi mamá y yo, ámbito en el que me sentí alguna vez encontrado.
Sin embargo, no dudé en recordar que la falta de cordialidad me llegó a fastidiar y ahí separé de nuevo los caminos esperando a algún paisa para que nos atendiera.
Definitivamente no extrañé el sagrado corazón, ni las reuniones familiares con tíos y abuelos, porque ni a mi madre ni a mí nos llamaba la atención. Y esas nostalgias de mi padre fueron perdiéndose en la oscuridad de una familia paisa...
Ya en el colegio, mis amigos fueron muy particulares, todos cruzados por culturas marginadas. Así mi poca cordialidad podría pasar desapercibida y la falta de amor por los fríjoles, la música parrandera, los malos comentarios de las suegras y la mirada optimista del mundo serían minimizadas.
Al regreso de esa caminata, comprendí que lo que tengo de Antioqueño lo tengo de Peruano. Había aprendido a convivir, pero ciertamente no estaba cómodo ni encontraba aquella silla que permitía compartir el banquete de la comunión.
Más latinoamericano así como santaderiano soy, anhelante de unas tierras lejanas que cuando las conocí tampoco pude encontrarme. Y en frente de aquella casa de playa, donde supe quién soy, me di cuenta que pertenezco al mundo, pero que cada vez que intento serlo de él, sólo me pierdo en mis recuerdos. Y sabiendo de dónde vengo aún sigo en aquella playa caminando sin rumbo.
Aún con fe, pierdo la fe. Y es el espejo mi mayor enemigo, la música mi mayor angustia, el cine y la televisión mi mayor fuga, las celebraciones mis mayores nostalgias… ¿Cultura propia? Mmmm, ¿lo sabré algún día?
Por eso, hoy aseguro mi pasado. Lo atesoro, no como isla desierta, sino tierra lejana que una vez me dio suelo. Algo así como todos los bienes y muebles de una vieja casa que aún no logro encontrar.
Soy, pero todavía no. Fui y soy siendo. Y al ver mi alrededor encuentro que tengo razón: soy sólo la imagen de una cultura llena de retazos, que olvida antes de recordar, que cambia antes de ser y que duerme antes de actuar.
Anhelo como esta cultura mía encontrar esa vieja casa que lo tiene todo.
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