
“Algunos disfrazan sus crudas ganas de figurar
Corazones ardientes, estrellas calientes por papel
Por mientras se come tu imagen
Algún sucio magazine
Que estampa en tu frente un precio de moda
Cielo me has marcado
Como estrella que logra ver su estela
Cielo me has mandado
Al sonreír al morir”
La Ley – Cielo Market
¿Y dónde está el rock latinoamericano? En todas partes. ¿Y sigue siendo fiel a sus orígenes? Depende.
Ya en la década de los cincuenta, el Rock and Roll es un género musical comercial divulgado como corriente contracultural de la música negra como el blues, el gospels y el rhytm ‘n’ blues. Y se genera una decadencia musical de este género hasta que en Inglaterra se recupera sus inicios con una evolución distinta, dando pie a la formación del rock propiamente.
Pero el rock no es definible propiamente, es una experiencia, es una vivencia muchas veces asesinada por la sociedad. Es un encuentro con su identidad, con diálogos de lazos y ataduras, de uniones y misterios. No sólo son los beats, o los solos, son un todo que ahoga cualquier pensamiento y refresca los sentimientos.
No se hizo esperar el movimiento de los jóvenes de los sesenta. Un movimiento particular en la historia: un cúmulo de rebeldes, cansados y agotados de tanta injusticia, de ser ignorados, de vivir en una sociedad que no promovía la realización personal, sino un desarrollo de los tejidos sociales, muchas veces, instituciones que nada tenían que ver con la felicidad de sus “maquinas” (personas) que mantenían el proceso vivo.
¡Y la juventud se ha convertido en eso! Rebeldía como signo de inconformidad, de insatisfacción frente a estándares impuestos y no deseados. Miedo a lo artificioso, a lo mecanizado y aburrido. Anhelo de hacer de la vida propia un referente de libertad y autenticidad.
Pero no todo anhelo se convierte en realidad. El hecho que se experimente eso, no quiere decir que se vaya en contra de esos estándares ni que se encuentre lo que se busca.
Y lo testimonia la ciudad de la furia, aquel hito de Soda Stereo, que habla de un Buenos Aires en el que se sabe quién es parte de ella, pero no se sabe quién la habita. Y cómo sólo yo, un hombre alado, Ícaro, se atreve a vivir en la ciudad de la furia por su grandeza, pero que se le derriten sus alas en el día y sólo puede ser libre en la noche.
Y la búsqueda se hace tan repetitiva y cae siempre en manos del destino que la tira en cualquier atolladero, que pronto se mecaniza y termina una juventud jugando el juego de poder donde el consumo y la producción ya se miran hasta en las etapas de la vida.
Y ahí está el talón de Aquiles y la industria cultural lo captó desde los orígenes. Toda esa originalidad de artistas jóvenes que mueven masas sólo es un pájaro domesticado, que aunque sin jaula, ya no vuela, ya no es libre.
El rock de hoy en día perdió su contracultura, su rebeldía; ya es un paradigma que no sólo se mofa de la búsqueda y los anhelos, sino que los convierte en idealismos vanos, cuando son tan auténticos, tan diáfanos, tan elementales para la humanidad.