El tema de la dignidad del hombre ha entrado cada vez con más fuerza en el ámbito cotidiano. Se evoca cada día o noche en que se busca la felicidad. Y se navega en ella para encontrar una respuesta ante las tristezas que el mundo trae.
Pero está atardeciendo. Las nubes, amenazadoras de tormenta, empiezan a ocultar el Sol y con ello la dignidad del hombre. No es que desaparezca nuestra dignidad, sino que no la vemos, pero seguimos tanteando quiénes somos, dando respuestas cada vez más parciales por los detalles fragmentados que vemos por falta de luz.
Y llegamos a pensar, tristemente, que la dignidad proviene de lo que cada hombre piense de él mismo. Así la guerra, los asesinatos, la violencia, el odio y la miseria seguirá existiendo y de alguna manera definiendo al hombre. Estamos a punto de cruzar el umbral entre el día y la noche.
No más dilución del hombre. Es tiempo que comprendamos el papel del Sol en nuestra vida. Friedrich Nietzsche excluyó su papel en la tierra y buscando apostar por el hombre, terminó por descorazonarlo, por arrancarle su vínculo con la verdad de sí mismo.
No lo excluyamos más. ¡Seamos nosotros mismos!
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